sábado, 29 de septiembre de 2012

Otra tontería imperial: EEUU “espera” que Venezuela tenga comicios “justos y libres”


JEAN-GUY ALLARD - Estados Unidos, el país con el sistema electoral más incoherente y engañoso del planeta, espera comicios “justos y libres” en Venezuela “como en cualquier otro país del mundo”, afirmó el viernes el vocero del departamento de Estado Mike Hammer.

Mike Hammer
Las mismas palabras habían sido pronunciadas apenas minutos antes por Roberta Jacobson, subsecretaria estadounidense para el Hemisferio Occidental, reporta el diario derechista El Universal de Caracas,
“Nuestra posición es clara: esperamos que los venezolanos tengan la posibilidad de expresar sus preferencias de liderazgo de manera justa y libre”, destacó Jacobson poniendo implícitamente en duda el valor del sistema electoral venezolano.
Lo ridículo no mata, dicen. Hammer y Jacobson tal vez no se enteraron que el expresidente norteamericano Jimmy Carter aseveró hace unos días que el sistema electoral venezolano es el de mayor calidad en el mundo y Estados Unidos “uno de los peores”.
Una vez más en noviembre próximo, con la confrontación Obama-Romney, el actual sistema electoral –cuyas reglas fundamentales fueron establecidas en 1787–, la corrupción generalizada a través de las contribuciones millonarias ahora ilimitadas de las corporaciones a los fondos de campaña y la enajenación político-cultural hacen descartar toda esperanza de una elección presidencial realmente democrática.
Estados Unidos, el país que tanto pretende imponer su versión de la democracia en cada rincón del mundo, posee uno de los sistemas electorales más complejos, incomprensibles e incongruentes del planeta.
Para no extenderse en una enumeración interminable, aquí unas breves observaciones.
Caso único en el mundo, cada estado o municipio determina el método de votación: papel con lápiz, cartón con bolígrafo, tarjeta perforada, aunque cada vez más se favorece el voto computarizado, manejado por empresas dominadas por intereses republicanos. Los sistemas de votación dependen de cada estado y, dentro de éste, de cada condado.
En cada elección, miles de votantes, aunque formalmente inscritos, son luego excluidos de las listas electorales, mediante una serie de trucos como – entre muchos otros - el “caging” que permite eliminar a un elector si no contesta a una solicitud hecha por correo a su dirección.
La gran mayoría de las víctimas de tales procesos de exclusión son negros, latinos o miembros de minorías raciales, un sector de la población más propenso a votar por los demócratas. Un ejemplo: en la Florida, más del 30% de los hombres negros no pueden votar por tener antecedentes penales. El Washington Post calculó en más de seis millones, en todo el país, la cantidad de personas contabilizadas más de una vez.
De acuerdo a las quejas expresadas al terminarse el escrutinio del 2004, las irregularidades el día de votación son innumerables: además de la supresión deliberada del voto en zonas cuyos electores apoyan a los demócratas, de las urnas electrónicas que cambian el voto, de la anulación arbitraria de sufragios, el cómputo del voto es deliberadamente manipulado en numerosos distritos. El voto por correo es constantemente objeto de fraude. En el condado miamense de Broward, en el 2002, se determinó que 104 000 votos fueron omitidos por las máquinas y hasta 55 000 boletas perdidas en el correo.
El controvertido uso de puestos de votación electrónicos que no emite recibos al votante, resultados de voto obviamente sin relación con la clientela electoral, fallos técnicos y demás desviaciones de resultados son constantemente (e inútilmente) objetos de denuncias, en cada escrutinio, en el territorio entero.
El ciudadano norteamericano no vota por su candidato preferido sino a favor de un partido que designará Grandes Electores cuyo Colegio Electoral luego elegirá al presidente, sin obligación alguna de respetar el deseo del elector o a dar la presidencia al candidato con más votos. En el 2000, Al Gore tuvo la mayoría de los votos y George Bush recibió la Casa Blanca por el número de votos en el Colegio Electoral.
Cada estado tiene un número de votos electorales según su población más los senadores con que cuenta, más el número de representantes a la Cámara Baja. ¿Entendió? ¿No? Normal, la mayoría de los norteamericanos tampoco.
Casi nadie conoce a los Grandes Electores, personajes designados por los propios candidatos —parece que a nadie tampoco le importa su identidad.
El diseño y el rediseño de las circunscripciones se hace periódicamente en función de los intereses de los elegidos, según la ubicación de su clientela electoral, de tal forma que la gran mayoría de los representantes a la Cámara Baja son reelegidos sistemáticamente.
Las presidenciales tienen lugar siempre un martes cuando la mayoría de los electores están en el trabajo.
Los medios de comunicación, que viven de la publicidad comercial de los grandes consorcios y que se benefician de las campañas millonarias de los grandes partidos, ignoran sistemáticamente a los candidatos de los terceros partidos. Y evitan criticar al conjunto del sistema.
Según sondeos, una gran mayoría de los electores desean elegir al presidente en sufragio universal. De manera evidente, a pocos políticos les conviene cambiar un sistema que les asegura, en muchos casos, reelecciones casi automáticas.
¿Hay esperanza de que los norteamericanos, algún día, tengan un sistema electoral que respete las normas universalmente reconocidas de voto?
No, mientras hay tipos como el vocero del departamento de Estado Mike Hammer, que siguen repitiendo inepcias, sugiriendo que el sistema electoral norteamericano es un modelo para la humanidad.

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