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viernes, 29 de marzo de 2013

Laura no está, Laura se fue



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Luis Paulino Vargas Solís

Doña Laura y su delegación oficial visitan al nuevo papa, Francisco I. Nos cuenta Chinchilla que el papa la elogió como “mujer de coraje”. Y mientras la mandataria recibía la bendición pontificia, en Costa Rica –aquí y allá- se encendían hogueras que amenazan con una conflagración abrasadora.

Les propongo un recuento apenas parcial, puramente ilustrativo y sin ninguna pretensión de exhaustividad:

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- 45 EBAIS a  un tris de cerrarse en cantones josefinos y cartagineses situados al este de la capital.  Cientos de miles de personas resultarían directamente perjudicadas.

- Varios cantones y ciudades situados al oeste del Valle Central se declaran indignados y al borde de la insurrección ante las inaceptables condiciones que plantea el contrato de “concesión” (o sea, de privatización) de la autopista hacia San Ramón.

- El ministro de transporte defiende otra “concesión” –ésta en relación con la infausta trocha fronteriza- dada a cierta cuestionadísima empresa. Las palabras del ministro justificando esta decisión –obscenas a fuerza de cínicas y desvergonzadas- nos dejan pasmados, pero sobre todo furiosos.

- Gasolineros amenazan con paralizar el país. La ARESEP cede ante sus presiones, tan solo para ratificar de qué forma el organismo regulador, que habría de proteger a la ciudadanía, en realidad ha devenido rehén de estrechos intereses corporativos.

- Gaseras en rebeldía frente a las disposiciones regulatorias de timoratas autoridades públicas. Parecieran decir: “¿que si murieron personas o pudieran morir otras más? ¿Y a nosotros qué nos importa?”.

No me referiré a encuestas recientes publicadas en La Nación excepto para enfatizar que los datos publicados evidencian un sentimiento de agravada inseguridad económica y temor a la pérdida del empleo. Que si las élites –doña Laura y su gobierno incluidos- se esforzaran por leer la realidad en vez de seguir solazándose en sus privilegios y montadas en la nube de opio de su ideología, acaso entenderían esto como una advertencia –una más entre tantísimas otras- del fracaso estrepitoso de su modelo económico.

Pero para doña Laura es importantísimo renovar los votos de su alianza con los poderes de la religión. Es asunto realmente ambiguo. Por un lado, la señora Chinchilla no se cansa de repetir gestos de sumisión ante los altos dignatarios clericales. Pero, a la vez, con demagógico sentido de oportunidad, se afana por hacer de la religión un instrumento de propaganda que le ayude a recuperar réditos de popularidad. Sabemos que es una vieja historia: la religión –que incluso en la modernidad no dejó de ser uno de los poderes centrales- es al mismo tiempo un instrumento del que otros sistemas de poder echan mano para legitimarse. Y ese es claramente el caso de los políticos: no obstante mediar profundas diferencias ideológicas, es del caso que, de Chávez a Chinchilla, raramente hay alguno o alguna que se escape a tan poderoso embrujo.

Pero el tema sustantivo aquí es otro, y lo sintetizo en lo siguiente: la ausencia de la presidenta Chinchilla. Algo así como un silencio estridente; una especie de ostentosa invisibilidad; un estar-no-estar que resulta atosigante de tan invasivo.

Chinchilla no está, y ésa es su más violenta forma de estar.

No está en la crisis de la Caja; Balmaceda ha de hacerle frente solita. No está en el impúdico desastre de la trocha; son otros los que aparecen para repetir hasta el vértigo y la náusea que-la-trocha-se-hizo-sola-porque-ellos-nada-hicieron. Ni da la cara ante las comunidades del este de San José, a punto de quedarse sin EBAIS ni ante las del oeste del Valle Central, soliviantadas ante la oscura concesión de la autopista. Ni ante a las gaseras en rebeldía, ni frente a la subversión descarada de las gasolineras. Tampoco dialoga con las personas sexualmente diversas ni con los pueblos indígenas de Costa Rica.

“Laura no está, Laura se fue” dice cierta popular canción. En efecto. O, por lo menos, no está donde se necesitaría que esté.

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Ah, pero menciónele usted un nuevo tratado comercial,  la clausura de unos juegos centroamericanos o un campeonato mundial de fútbol. Donde concurren los grandes poderes económicos o donde se pueda sonreír en procura de réditos demagógicos. Ahí siempre está.

Podría quizá decirse que es el estilo de esta presidenta y que justo por ello ha perdido hasta el último gramo de respeto que la ciudadanía podría haberle tenido. Pero ésa es solo una parte de la historia. Cierto que Chinchilla no facilita las cosas, pero en realidad el problema es sociológico y político en sentido amplio: Costa Rica está hoy en manos de una élite que, instalada en su burbuja estratosférica, no ve las realidades fragmentadas y descompuestas de la sociedad a su alrededor, ni escucha los cada vez más estridentes clamores de hartazgo e indignación. Y cuando digo “élites” no me refiero solo a las de la política. Igual acontece con los poderes económicos y religiosos. Pero es del caso que incluso los bien remunerados ideólogos del poder –por ejemplo, quienes escriben en La Nación- se muestran remisos a generar alguna lectura sensata de las furiosas tormentas que se agitan sobre sus cabezas.

Hoy día Costa Rica es un país controlado por gente que vive adormecida en el sopor de sus privilegios, ávida de acaparar más y más riqueza y poder. Escuchan a lo lejos –pero muuuy lejos- algo como un tremor de truenos, un agitar de ventarrones y aguas turbulentas. Pero parapetados en sus mansiones amuralladas, en sus blindados autos del año y sus alfombrados despachos, se sienten muy protegidos. Nada de eso les toca, mucho menos habría de inquietarles. No es su asunto. Ni les afecta ni les concierne.

Lo suyo es otra cosa: las “alianzas estratégicas” con transnacionales; las megainversiones en fastuosos proyectos inmobiliarios; la especulación con bienes raíces. O, como doña Laura, los tratados comerciales y, convenientemente dosificadas, las genuflexiones ante los travestidos poderes de la religión.

De ahí el total desprestigio del gobierno y la radical deslegitimación de toda la institucionalidad democrática, incluyendo Asamblea Legislativa, Poder Judicial y partidos políticos. El derrumbe total no se produce posiblemente porque prevalece una especie de cancelación de fuerzas: la avaricia torpe y descontrolada de quienes dirigen, encuentra su eficaz compensación en la mezquindad y estrechez de miras que, con pocas excepciones, prevalece entre quienes se le oponen.

Entretanto, Costa Rica es, cada vez más, como una casa abandonada y en ruinas: de a pocos se va cayendo a pedazos.

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Las mentiritas del poder en Costa Rica



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El sistema de poder en Costa Rica se basa en ciertas mentiritas, sin las cuales el ejercicio de ese poder perdería mucha de su eficacia. El embrujo de tales mentiritas se hace manifiesto en su capacidad para recubrirse con ropajes de verdad, y ganar así atractivo y aceptación. Entonces, se las invoca como verdades incuestionables. Todo el mundo cree en ellas. O por lo menos se finge que se las cree, ya que no hacerlo es, como mínimo, muestra de mal gusto, cuando no motivo de escándalo y signo de afrenta. Pero, sobre todo, son defendidas con ardor cuando se las utiliza como marca de diferenciación, es decir, cuando se las invoca como atributos característicos de nuestro país y sociedad, que designan su excepcionalidad y marcan distancias respecto de otros países.

Son numerosas las mentiritas. Por ejemplo: la libertad de prensa; la libertad de expresión; la pureza de la democracia; los derechos laborales; la eficiencia de la empresa privada. Estas son algunas. De seguro hay muchas más.

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 La libertad de prensa no existe. Lo que existe es la libertad empresarial para manejar la prensa, que es cosa bien diferente. Así, la prensa selecciona a discreción qué publica y cómo lo publica, y ello de acuerdo con ciertos objetivos. En lo inmediato, deben satisfacerse objetivos de rentabilidad: los medios son empresas y no pretende hacer caridad sino obtener ganancias. Entoces, la información que publica debe vender. De ahí que personajes como Mauricio Montero, Gorgojo o Pilo tenga tan buen cartel en los medios. Son gente que vende bien, cosa que no ocurre con académicos universitarios medio izquierdosos o escritores de verbo atrevido e innovador. Pero también hay objetivos más amplios y estratégicos: aquellos que atienden a los grandes intereses económicos, políticos y religiosos que rigen a la sociedad costarricense. Ello determinó que, por ejemplo, esos medios se sesgaran de forma descarada a favor de la aprobación del TLC con Estados Unidos. Un ejemplo más actual de ello lo encontramos en la fanfarria con que esos medios recibieron el informe de los “notables”, con completa exclusión de cualquier punto de vista crítico o alternativo. Los medios –actores al fin del poder- usualmente se acomodan a los intereses estratégicos de ese poder.

Dicho lo anterior, creo que queda claro que la libertad de expresión existe tan solo como una libertad administrada y dosificada a partir de la libertad empresarial para manejar la prensa. Eso es así, puesto que a su vez esta última administra y dosifica la información según los objetivos que la mueven. Entonces, hay puntos de vista que se expresan ampliamente; otros de forma solo parcial; y otros del todo no aparecen. Y, correspondientemente, hay gente (organizaciones, sectores sociales, etc.) que tiene amplio espacio y cobertura; otros que tienen un poco; otros que no tienen ninguno.

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La pureza de la democracia es posiblemente la mentirita más maltratada, a la que más difícil se le hace vestirse de verdad y fingirse como tal. Y por mucho que políticos y políticas, partidos, iglesias, prensa y hasta plutócratas repitan incansables sus loas a la democracia costarricense, la gente de a pie no se ahorra un rictus de escepticismo, que, más y más, se vuelve amargo y torvo. Pero hay una variante de la mentirita que conserva intacto su poderoso embrujo: se manifiesta cuando se hacen comparaciones con otros países. Hable usted de Venezuela o Nicaragua y lo comprobará. Las élites del poder lo saben y lo explotan: las violentas peroratas contra los regímenes políticos en esos países, permiten mantener viva la por demás desfalleciente mentirita de la pureza de la democracia en Costa Rica. Pero aún así, no hay cómo limpiar la mancha que imprime el show mediático y despilfarrador a que han sido reducidos los torneos electorales, y, sobre todo, la desconfianza que emana de las promesas mil veces incumplidas y de los juegos corruptos mil veces repetidos.

La mentirita de los derechos laborales conserva vigencia no obstante que contradice la realidad cotidiana de miles y miles de trabajadores y trabajadoras ¿Será –se me ocurre- como el efecto de una especie de “síndrome de Estocolmo”? Recordemos que ese concepto designa la situación sicológica de una persona que, habiendo sido secuestrada, y encontrándose en una situación de extrema indefensión, termina por identificarse emocionalmente con el secuestrador. Quizá algo similar ocurre con las clases trabajadoras de Costa Rica: puesto que su estabilidad laboral y económica depende de las empresas que les emplean, y se encuentran en situación de desorganización y completa vulnerabilidad, terminan por aceptar como buenas las situaciones laborales en que se desenvuelven, incluyendo los frecuentes atropellos a los derechos laborales legalmente estatuidos.

La mentirita de la eficiencia de la empresa privada está muy vinculada con la anterior. De hecho, lo que en Costa Rica se designa como “eficiencia” a menudo es simple y desnuda explotación. La “eficiencia” lograda a punta del sudor y el agotamiento de las personas asalariadas, es cosa fácil pero espuria. Hace innecesaria la investigación para el desarrollo tecnológico, la innovación administrativa y gerencial, la capacitación y calificación del personal, el desarrollo de nuevas opciones productivas, las ofertas imaginativas. El estrés laboral sustituye todo eso. No generalizo ni digo que sea el caso de todas las empresas privadas, pero si de muchas más de lo que sería deseable. Y, por otra parte, este es un buen instrumento de propaganda ideológica: cuando se vende como eficiencia lo que es explotación inmisericorde, resulta fácil atacar por ineficiente al sector público, cuando éste no aplica criterios de explotación comparables.

Estas son algunas de las mentiritas-mágicamente-devenidas-verdades, en que ese sistema de poder se sostiene y desde las cuales se justifica y legitima. Seguramente hay otras, incluso de estatuto más complejo, como podrían ser la mentirita sobre la familia y la mentirita sobre los derechos humanos. Por ahora, concluyo aquí mi recuento de mentiritas, bien enterado de que, en todo caso, tales mentiritas seguirán siendo consideradas verdades. 

Por. Luis Paulino Vargas Solís

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Las mentiritas del poder en Costa Rica